Sintiendo que la reconciliación era completa, por la mañana Anna se puso con entusiasmo a preparar la partida.
Aunque no estaba decidido si debían irse el lunes o el martes, como cada uno había cedido ante el otro, Anna hacía las maletas con afán, sintiéndose absolutamente indiferente ante el hecho de que se marcharan un día antes o después.
Estaba de pie en su habitación junto a una caja abierta, sacando cosas de ella, cuando él entró a verla más temprano de lo habitual, vestido para salir.
—Voy ahora mismo a ver a mamá; ella puede enviarme el dinero con Yegorov. Y estaré listo para irme mañana —dijo.
Aunque estaba de tan buen humor, la idea de su visita a casa de su madre le dio un vuelco al corazón.
—No, yo misma no estaré lista para entonces —dijo; y enseguida pensó: «así pues, era posible arreglárselas para hacer lo que quería».
—No, haz lo que tenías pensado. Vete al comedor, voy enseguida. Es solo para apartar esas cosas que no hacen falta —dijo, añadiendo algo más al montón de baratijas que descansaba en los brazos de Annushka.
Vronsky estaba comiendo su bistec cuando ella entró en el comedor.
—No creerías cuán desagradables se han vuelto estas habitaciones para mí —dijo, sentándose a su lado con su café—. No hay nada más espantoso que estas chambres garnies. No tienen individualidad, ni alma. Estos relojes, y las cortinas, y, lo peor de todo, los papeles pintados; son una