ponerle fin; debo expresar mi opinión al respecto y mi decisión». Y volvía a dar la vuelta. «Pero ¿expresar qué?, ¿qué decisión?», se decía en la sala, y no hallaba respuesta.
—Pero después de todo —se preguntó antes de entrar en el gabinete—, ¿qué ha ocurrido? Nada. Ella estuvo hablando un buen rato con él. ¿Y qué? Ciertamente, las mujeres mundanas pueden hablar con quien les plazca. Y además, los celos significan rebajarme tanto a mí como a ella —se dijo mientras entraba en su gabinete—, pero este axioma, que antes siempre había tenido tanto peso para él, no tenía ahora peso ni significado alguno.
Y desde la puerta del dormitorio volvió a dar la vuelta; pero al entrar en la oscura sala, una voz interior le dijo que no era así, y que si los demás lo notaban, era señal de que había algo.
Y se dijo de nuevo en el comedor: «Sí, debo decidirme y poner fin a esto, y expresar mi punto de vista al respecto. …»
Y de nuevo al doblar en la sala se preguntó: «¿Decidirme a qué?». Y otra vez se preguntó: «¿Qué ha ocurrido?», y respondió: «Nada», y recordó que los celos eran un sentimiento ofensivo para su mujer; pero de nuevo en la sala se convenció de que algo había sucedido.
Sus pensamientos, al igual que su cuerpo, daban vueltas en círculo, sin tropezar con nada nuevo. Lo notó, se frotó la frente y se sentó en el gabinete de ella.
Allí, al mirar su mesa, con el secante de malaquita encima y una carta sin terminar, sus pensamientos cambiaron de repente. Empezó a pensar en ella, en lo que ella pensaba y sentía. Por primera vez se representó vivamente su vida personal, sus ideas, sus deseos, y la idea de que ella pudiera y debiera tener una vida propia e independiente le pareció tan alarmante que se apresuró a disiparla.