Todas estas gestiones desconcertantes, este ir y venir sin fin y hablar con personas agradables y excelentes, que comprendían perfectamente lo desagradable de la situación del peticionario pero eran impotentes para ayudarlo; todos estos esfuerzos que no daban ningún resultado, provocaban en Levin un sentimiento de desdicha semejante a esa mortificante impotencia que se experimenta en los sueños cuando uno intenta usar la fuerza física. Sentía esto con frecuencia al hablar con su bondadoso procurador. Este procurador hacía, al parecer, todo lo posible y ponía todos sus medios para sacarlo de sus dificultades. > —Le diré lo que podría intentar —le dijo más de una vez—: vaya a ver a fulano y a zutano —y el procurador trazaba un plan metódico para sortear el punto fatídico que obstaculizaba todo—. Pero agregaba de inmediato: —De cualquier modo, significará cierta demora, pero podría intentarlo. Y Levin lo intentaba y acudía a ellos. Todos se mostraban amables y educados, pero el obstáculo parecía surgir de nuevo al final, cerrándole otra vez el paso. Lo que resultaba particularmente desesperante era que Levin no lograba averiguar con quién estaba luchando, a qué intereses convenía que su asunto no se resolviera. Nadie parecía saberlo; desde luego, el procurador tampoco lo sabía. Si Levin hubiera podido comprender el porqué, al igual que uno comprende por qué a la taquilla de una estación de ferrocarril solo se puede llegar en fila india, no le habría resultado tan irritante ni tedioso. Pero respecto a las trabas que se interponían en su negocio, nadie sabía explicar por qué
Pero Levin había cambiado bastante desde su matrimonio; era paciente, y si no lograba comprender por qué todo estaba dispuesto de aquel modo,