Su experiencia en San Petersburgo fue exactamente la que le había descrito el día anterior el príncipe Piotr Oblonski, un hombre de sesenta años que acababa de regresar del extranjero:
“We don’t know the way to live here,” said Pyotr Oblonsky.
“I spent the summer in Baden, and you wouldn’t believe it, I felt quite a young man. At a glimpse of a pretty woman, my thoughts. … One dines and drinks a glass of wine, and feels strong and ready for anything. I came home to Russia—had to see my wife, and, what’s more, go to my country place; and there, you’d hardly believe it, in a fortnight I’d got into a dressing gown and given up dressing for dinner. Needn’t say I had no thoughts left for pretty women. I became quite an old gentleman. There was nothing left for me but to think of my eternal salvation. I went off to Paris—I was as right as could be at once.”
Stepán Arkádievitch sintió exactamente la diferencia que describía Piotr Oblonski. En Moscú se embrutecía tanto que, de haber tenido que permanecer allí mucho tiempo seguidos, muy bien podría haber empezado a pensar en serio en su salvación; en San Petersburgo volvía a sentirse un hombre mundano.
Entre la princesa Betsy Tverskaya y Stepán Arkadievich existían desde hacía tiempo unas relaciones bastante curiosas. Stepán Arkadievich siempre coqueteaba con ella en broma y le decía, también en broma, las cosas más indecorosas, sabiendo que nada la complacía tanto. El día después de su conversación con Karenin, Stepán Arkadievich fue a verla y se sintió tan joven que, en medio de aquel coqueteo en broma y de aquellas tonterías, fue tan imprudente que llegó un punto en el que no sabía cómo salir del paso, pues por desgracia estaba tan lejos de