Después de comer, Levin no ocupaba el mismo lugar de antes en la fila de segadores, sino que se encontraba entre el viejo que le había hablado en tono jocoso, invitándolo ahora a ser su vecino, y un joven campesino que se había casado apenas en otoño y que segaba este verano por primera vez.
El viejo, erguido, iba al frente con los pies hacia fuera, dando zancadas largas y regulares, y con un movimiento preciso y acompasado que parecía costarle no más esfuerzo que el de balancear los brazos al caminar, como si fuera un juego, iba dejando la hilera de hierba alta y uniforme.
Era como si no fuera él, sino la afilada guadaña la que por sí sola se deslizara silbando entre la jugosa hierba.
Detrás de Levin venía el muchacho Mishka. Su lindo rostro infantil, con un tallo de hierba fresca atado alrededor del pelo, estaba contraído por el esfuerzo; pero cada vez que alguien lo miraba, sonreía. Era evidente que habría muerto antes de confesar que aquello le costaba trabajo.
Levin se mantenía entre ellos. En el momento más caluroso del día, la siega no le pareció un trabajo tan duro. El sudor con el que estaba empapado lo refrescaba, mientras que el sol, que le quemaba la espalda, la cabeza y los brazos desnudos hasta el codo, le infundía vigor y una energía tenaz a su labor; y cada vez más a menudo llegaban esos momentos de inconsciencia, en los que era posible no pensar en lo que uno estaba haciendo. La guadaña cortaba por sí sola. Eran momentos felices. Aún más deleitosos eran los momentos en que llegaban al arroyo donde terminaban las hileras, y el viejo frotaba su guadaña con la hierba húmeda y espesa, enjuagaba la hoja en el agua fresca del arroyo, sacaba un poco con un cucharón de hojalata y le ofrecía de beber a Levin.