Oyeron el ruido de unos pasos y una voz de hombre, luego una voz de mujer y risas, e inmediatamente después entraron los invitados esperados: Safo Shtoltz y un joven radiante por un exceso de salud, el tal Vaska.
Era evidente que los abundantes suministros de bistec, trufas y Borgoña nunca dejaban de llegarle a la hora oportuna. Vaska saludó con una reverencia a las dos damas, y las miró, pero solo durante un segundo. Entró tras Safo en la sala de estar y la seguía a todas partes como si estuviera encadenado a ella, manteniendo sus brillantes ojos fijos en ella como si quisiera devorarla.
Safo Shtoltz era una belleza rubia de ojos negros. Caminaba con pasitos elegantes en zapatos de tacón alto y estrechaba la mano de las damas con energía, como un hombre.
Anna nunca había visto a esa nueva estrella de la moda y le llamó la atención su belleza, el extremo exagerado al que llevaba su vestido y la audacia de sus modales. En su cabeza lucía tal superestructura de cabello suave y dorado —mezcla de propio y postizo— que su cabeza equivalía en tamaño al busto elegantemente redondeado, del cual se exponía tanto por delante. La brusquedad impulsiva de sus movimientos era tal que a cada paso las líneas de sus rodillas y de la parte superior de las piernas quedaban claramente marcadas bajo el vestido, y surgía involuntariamente en la mente la pregunta de dónde terminaba en realidad, dentro de aquella ondulada y amontonada montaña de tela a la espalda, el cuerpo verdadero de la mujer, tan pequeño y esbelto, tan desnudo por delante y tan oculto por detrás y por debajo.
Betsy se apresuró a presentarla a Anna.