hablar de robar. Solo estamos charlando como unos caballeros. Su excelencia pide demasiado por el bosque. No me alcanza para llegar a fin de mes con eso. Debo pedir una pequeña rebaja”.
—Pero ¿está el asunto decidido entre ustedes o no? Si está decidido, no sirve para nada regatear; pero si no lo está —dijo Levin—, compraré el bosque.
La sonrisa desapareció al instante del rostro de Riabinin. En él quedó una expresión avizora, codiciosa y cruel. Con dedos rápidos y huesudos se desabrochó la chaqueta, dejando ver una camisa, unos botones de chaleco de bronce y una cadena de reloj, y sacó rápidamente una cartera vieja y abultada.
—Aquí tiene, el bosque es mo—dijo, persignándose rápidamente y tendiéndole la mano—. Tome el dinero; es mi bosque. Así es como hace los negocios Riabinín; no anda regateando cada céntimo —añadió, frunciendo el ceño y agitando la cartera.
—Yo