en su momento su esposo lo había dejado completamente arreglado. Y ahora, sé que no se negaría. Es solo cuestión de escribirle. En aquel entonces dijo claramente que si ella manifestaba el deseo, no se negaría. Por supuesto —dijo con sombría expresión—, es una de esas crueldades farisaicas de las que solo son capaces los hombres sin corazón. Él sabe qué agonía debe causarle cualquier recuerdo suyo, y conociéndola, exige una carta de ella. Comprendo que para ella sea una agonía. Pero el asunto es de tanta importancia que hay que passer par-dessus toutes ces finesses de sentiment. Il y va du bonheur et de l’existence d’Anne et de ses enfants. No hablaré de mí, aunque me resulta difícil, muy difícil —dijo, con un gesto como si amenazara a alguien por lo difícil que le resultaba—. —Y por eso, princesa, me aferro descaradamente a usted como a una tabla de salvación. Ayúdeme a persuadirla de que le escriba a él pidiéndole el divorcio.
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