sin sentido, y ella, como siempre en esta pesadilla (eso era lo que le daba su horror), sentía que aquel campesino no le hacía caso, sino que hacía algo horrible con el hierro, por encima de ella. Y se despertó bañada en un sudor
Cuando se levantó, el día anterior volvió a ella como velado por la niebla.
—Hubo una pelea. Justamente lo que ha pasado varias veces. Dije que me dolía la cabeza, y él no entró a verme. Mañana nos vamos; tengo que verlo y prepararme para el viaje —se dijo a ella misma.
Y al enterarse de que él estaba en su estudio, bajó a verlo. Al pasar por la sala oyó que un carruaje se detenía en la entrada y, al mirar por la ventana, vio el carruaje, desde el cual una joven con un sombrero lila se asomaba para darle alguna instrucción al lacayo que tocaba el timbre.
Tras una breve conversación en el recibidor, alguien subió las escaleras y se oyeron los pasos de Vronsky al pasar por la sala. Bajó rápidamente.
Ana fue de nuevo a la ventana. Lo vio salir a la escalinata sin sombrero y acercarse al carruaje. La joven del sombrero lila le entregó un paquete. Vronsky, sonriendo, le dijo algo. El carruaje se alejó y él volvió a subir rápidamente las escaleras.
Las brumas que lo habían envuelto todo en su alma se disiparon de repente. Los sentimientos del día anterior atravesaron el corazón enfermo con un dolor renovado. No podía comprender ahora cómo había podido humillarse pasando un día entero con él en su casa. Entró en su habitación para anunciarle su determinación.
—Eran Madame Sorokina y su hija. Vinieron y me trajeron el dinero y las escrituras de maman. Ayer no pude conseguirlo. ¿Cómo está tu cabeza, mejor? —dijo en voz baja, sin querer ver ni comprender la expresión sombría y solemnísima de su rostro.