arrepentimiento. Era con ella más amorosamente respetuoso que nunca, y el constante desvelo de que no sintiera la incomodidad de su posición jamás lo abandonó ni por un solo instante. Él, un hombre tan varonil, nunca se le oponía, de hecho, junto a ella, no tenía voluntad propia y parecía no desear otra cosa que anticiparse a sus deseos. Y ella no podía menos que apreciarlo, aun cuando la misma intensidad de su solicitud hacia ella, la atmósfera de cuidado con la que la rodeaba, a veces le pesaran.
Vronsky, por su parte, a pesar de la realización completa de lo que tanto tiempo había deseado, no era plenamente feliz. Pronto sintió que la realización de sus deseos no le daba más que un grano de arena de la montaña de felicidad que había esperado. Le demostró el error que cometen los hombres al imaginarse la felicidad como la realización de sus deseos.
Durante un tiempo después de unir su vida a la de ella, y de ponerse ropa de civil, había sentido toda la delicia de la libertad en general, de la que antes nada había sabido, y de la libertad en su amor; y estuvo satisfecho, pero no por mucho tiempo.
Pronto se dio cuenta de que en su corazón estaba brotando un deseo de deseos: el hastío. Sin intención consciente, comenzó a aferrarse a cada capricho pasajero, tomándolo por un deseo y un objeto.
Dieciséis horas del día debían ocuparse de algún modo, ya que vivían en el extranjero con absoluta libertad, fuera de las condiciones de la vida social que llenaban el tiempo en Petersburgo. En cuanto a las diversiones de la existencia de soltero, que le habían proporcionado entretenimiento a Vronsky en anteriores viajes al extranjero, ni pensar en ellas, pues el único intento de ese tipo había provocado en Anna un repentino ataque de depresión, muy desproporcionado respecto a la causa: una cena tardía con amigos solteros. Las relaciones con la sociedad del lugar —tanto