inglés a Anna, con una sonrisa, apretándole la mano con la que sostenía una sombrilla.
—Sí, sobre todo porque no puedo quedarme mucho tiempo con usted. Me veo obligada a seguir a casa de la vieja señora Vrede. Llevo un siglo prometiendo ir —dijo Ana, para quien la mentira, por muy ajena que fuera a su naturaleza, se había vuelto no solo sencilla y natural en sociedad, sino una fuente positiva de satisfacción.
Por qué dijo esto, en lo que no había pensado ni un segundo antes, no habría sabido explicarlo. Lo había dicho simplemente pensando que, como Vronsky no estaría allí, más le valía asegurarse la libertad e intentar verle de algún modo.
Pero por qué había mencionado a la vieja señora Vrede, a quien tenía que ir a ver, al igual que tenía que ver a tanta otra gente, no habría sabido explicarlo; y sin embargo, como resultó después, aunque hubiera ideado las estratagemas más astutas para encontrarse con Vronsky, no se le habría podido ocurrir nada mejor.
“No. No voy a dejarte ir por nada del mundo —respondió Betsy, mirando fijamente a los ojos de Anna—. De verdad, si no te tuviera afecto, me sentiría ofendida. Cualquiera diría que tienes miedo de que mi compañía te comprometa. Que sirvan el té en el pequeño comedor, por favor —dijo, entrecerrando los ojos, como solía hacerlo al dirigirse al lacayo."
Tomándole la nota, ella la leyó.
—Alejo nos engaña —dijo en francés—; escribe que no puede venir —añadió con un tono tan sencillo y natural como si jamás pudiera habérsele pasado por la cabeza que Vronsky significara para Anna algo más que una partida de croquet. Anna sabía que Betsy lo sabía todo, pero al oír cómo hablaba de Vronsky en su presencia, por un momento estuvo a punto de convencerse de que no sabía nada.