cambió: por el contrario, ante su desconcierto con las manos, parecían más graves y conmovidos que antes, y la sonrisa con la que Stepán Arkádievich les susurró que ahora cada uno se pondría su propio anillo se desvaneció en sus labios. Sintió que cualquier sonrisa desentonaría con ellos.
“Tú que desde el principio creaste al varón y a la mujer —leyó el sacerdote tras el intercambio de anillos—, de Ti le fue dada la mujer al hombre para que le fuese ayuda y para la procreación de los hijos. ¡Oh, Señor, Dios nuestro, que has derramado las bendiciones de Tu Verdad conforme a Tu Sagrada Alianza sobre Tus siervos elegidos, nuestros padres, de generación en generación!, bendice a Tus siervos Konstantin y Ekaterina, y haz firme su compromiso en la fe, en la unión de corazones, en la verdad y en el amor…”.
Levin sentía cada vez más que todas sus ideas sobre el matrimonio, todos sus sueños de cómo organizaría su vida, no eran más que niñerías, y que era algo que no había comprendido hasta entonces, y que ahora comprendía menos que nunca, a pesar de que se estaba cumpliendo en él.
El nudo en su garganta subía cada vez más, las lágrimas que no lograba contener acudieron a sus ojos.