¿Podría ser ese tierno placer que él mostraba cuando ella se acercaba la causa de la frialdad de Anna Pávlovna?
—Sí —meditó ella—, había algo antinatural en Anna Pávlovna, y que se apartaba por completo de su bondad, cuando dijo enojada anteayer: «Anda, él seguirá esperándote; no quiso tomarse el café sin ti, aunque se ha quedado horriblemente débil».
—Sí, tal vez a ella tampoco le gustó que le regalara la alfombra. Todo fue tan sencillo, pero él lo recibió de un modo tan torcido, y tardó tanto en dar las gracias, que yo también me sentí incómoda. Y luego aquel retrato mío que hizo tan bien. Y sobre todo, ¡esa mirada de confusión y ternura! ¡Sí, sí, es eso! —se repetía Kitty a sí misma con horror—. ¡No, no puede ser, no debe ser! ¡Le compadezco tanto! —se dijo a sí misma inmediatamente después.
Esta duda envenenó el encanto de su nueva vida.