naturalmente ha de presentarse a una mente pura como la suya, pero que cedería fácilmente ante un sano razonamiento. El lado malo del pensamiento humano siempre estará definido por la paradoja de Jean-Jacques Rousseau —ya recuerda—, el mandarín a quien se mata a quinientas leguas de distancia con tan solo levantar la punta del dedo. Toda la vida del hombre transcurre en hacer estas cosas, y su intelecto se agota reflexionando sobre ellas. Encontrará usted muy pocas personas que vayan a clavar brutalmente un cuchillo en el corazón de un semejante, o que le administren, para eliminarlo de la superficie del globo en el que nos movemos con vida y animación, esa cantidad de arsénico de la que hablábamos hace un momento. Semejante cosa sale verdaderamente de la norma: es excéntrica o estúpida. Para llegar a tal punto, la sangre debe calentarse a treinta y seis grados, el pulso estar, al menos, a noventa, y los sentimientos agitarse más allá del límite ordinario.
Pero supóngase que uno pasa, como está permitido en la filología, de la palabra misma a su sinónimo suavizado; entonces, en lugar de cometer un asesinato ignominioso, uno realiza una «eliminación»; uno se limita única y simplemente a apartar del camino al individuo que le estorba, y ello sin choque ni violencia, sin la ostentación de los sufrimientos que, en caso de convertirse en castigo, hacen un mártir de la víctima, y un carnicero, en todos los sentidos de la palabra, de quien los inflige.
Entonces no habrá sangre, ni gemidos, ni convulsiones y, sobre todo, ninguna conciencia de ese momento hórrido y comprometedor de consumar el acto; entonces uno