Spada, hombre prudente y muy apegado a su único sobrino, un joven capitán de grandísimas promesas, tomó pluma y papel, y hizo su testamento. Luego le mandó aviso a su sobrino para que lo esperara cerca del viñedo; pero al parecer el criado no lo encontró.
“Spada sabía lo que significaban estas invitaciones; desde que el cristianismo, tan eminentemente civilizador, había hecho progresos en Roma, ya no era un centurión el que venía de parte del tirano con un mensaje: «César quiere que mueras», sino que era un legato à latere, que venía con una sonrisa en los labios para decir de parte del papa: «Su santidad os ruega que cenéis con él».”
“Spada salió hacia las dos hacia San Pierdarena. El papa lo aguardaba. La primera visión que llamó la atención de Spada fue la de su sobrino, con todo su atuendo, y César Borgia prodigándole las más marcadas atenciones. Spada enmudeció, mientras César lo miraba con aire irónico, lo que demostraba que lo había previsto todo y que la trampa estaba