calles vecinas. Luego regresaron al palacio Rospoli; pero el conde y el dominó azul también habían desaparecido; las dos ventanas, entapetadas de damasco amarillo, seguían ocupadas por las personas que el conde había invitado.
En este momento la misma campana que había anunciado el principio de la mascherata tocó la retirada. La fila del Corso rompió la línea, y en un segundo todos los carruajes habían desaparecido.
Franz y Albert estaban enfrente de la Via delle Muratte; el cochero, sin decir una sola palabra, se metió por ella, pasó por la Piazza di Spagna y el palacio Rospoli y se detuvo en la puerta del hotel. El signor Pastrini acudió a la puerta a recibir a sus huéspedes.
Franz se apresuró a preguntar por el conde y a manifestar su pesar por no haber regresado a tiempo; pero Pastrini le tranquilizó diciéndole que el conde de Montecristo había mandado pedir otro coche para él, y que este había ido a buscarle a las cuatro al palacio Rospoli.
El conde le había, por lo demás, encargado que ofreciera a los dos amigos la llave de su palco en el Argentina. Franz preguntó a Albert sobre sus intenciones; pero Albert tenía grandes proyectos que poner en práctica antes de ir al teatro; y en lugar de responder, le preguntó si el señor Pastrini podría conseguirle un sastre.
—¿Un sastre? —dijo el mesonero—; ¿y para qué?
—Hacernos entre hoy y mañana dos trajes de campesinos romanos —respondió Alberto.
El anfitrión negó con la cabeza.
—¿Hacerles dos disfraces a ustedes dos entre hoy y mañana? Pido perdón a