humana —respondió Maximiliano—. Se casó con el hombre al que amaba, que nos permaneció fiel en nuestras desdichas: Emmanuel Herbaut.
Monte Cristo sonrió imperceptiblemente.
—Vivo allí durante mi permiso —continuó Maximiliano—, y estaré, junto con mi cuñado Emmanuel, a disposición del conde, siempre que tenga a bien honrarnos.
—Un minuto —gritó Alberto, sin darle tiempo a Montecristo para responder—. Cuidado, va a usted a encerrar a un viajero, a Simbad el Marino, a un hombre que viene a ver París; va a convertirlo en patriarca.
—Oh, no —dijo Morrel—; mi hermana tiene veinticinco años, mi cuñado treinta, son alegres, jóvenes y felices. Además, el conde estará en su propia casa y solo los verá cuando le parezca oportuno.
—Gracias, monsieur —dijo Montecristo—; me contentaré con