una ejecución, creí que iba a desmayarme, más por escuchar la manera fría y tranquila con la que hablaba de toda clase de torturas, que por la vista del verdugo y del reo.
—¿No la condujo a las ruinas del Coliseo y le chupó la sangre? —preguntó Beauchamp.
—¿O, tras haberte librado, hacerte firmar un pergamino llameante, entregándole tu alma como hizo Esaú con su primogenitura?
—Insultad, insultad a vuestro antojo, caballeros —dijo Morcerf, algo picado—. Cuando os miro a vosotros, los parisinos, holgazanes en el bulevar de Gand o en el Bosque de Boulogne, y pienso en este hombre, me parece que no somos de la misma raza.
—Me siento muy honrado —replicó Beauchamp.
—Al mismo tiempo —añadió Château-Renaud—, vuestro conde de Montecristo es