a las rocas, eran en realidad gigantescos abetos y mirtos.
—Una mañana mi padre nos mandó llamar; mi madre había estado llorando toda la noche y estaba muy desdichada; encontramos al bajá tranquilo, pero más pálido de lo habitual. «cobra ánimo, Vasilíki —le dijo—; hoy llega el firmán del amo, y mi destino quedará decidido. Si mi indulto es completo, regresaremos triunfantes a Yánina; si la noticia es desfavorable, debemos huir esta noche».—«¿Pero y si nuestro enemigo no nos permitiera hacerlo?», dijo mi madre.—«Oh, quédate tranquila a ese respecto —dijo Alí, sonriendo—; Selim y su lanza llameante resolverán ese asunto. Les encantaría verme muerto, pero no les gustaría morir conmigo».
“Mi madre solo respondía con suspiros a los consuelos que sabía no provenían del corazón de mi padre. Preparaba el agua helada que él tenía la costumbre de beber constantemente —pues desde su estancia en el quiosco sufría una sed ardiente a causa de la más violenta fiebre—, tras lo cual ungía su barba blanca con aceite perfumado y encendía su chibuque, que él a veces fumaba durante horas enteras, observando en silencio las volutas de vapor que ascendían en nubes espirales y se disipaban gradualmente en la atmósfera circundante. De pronto hizo un movimiento tan brusco que me quedé paralizada de miedo. Luego, sin apartar los ojos del objeto que primero había atraído su atención, pidió su catalejo. Mi madre se lo dio, y al hacerlo, lucía más pálida que el mármol contra el que se apoyaba. Vi temblbrar la mano de mi padre. «¡Un bote! —¡dos! —¡tres!», murmuró mi padre; «¡cuatro!». Se levantó entonces, empuñando