miró fijamente a Valentine. La luz tenue, el profundo silencio y los sombríos pensamientos inspirados por la hora, y más aún por su propia conciencia, se combinaban para producir una sensación de miedo; la envenenadora estaba aterrorizada al contemplar su propia obra.
Por fin se repuso, descorrió la cortina e, inclinándose sobre la almohada, contempló atentamente a Valentine. La joven ya no respiraba, ningún soplo escapaba entre los dientes semiaviertos; los pálidos labios ya no temblaban; los ojos estaban cubiertos por un vapor azulado y las largas pestañas negras descansaban sobre una mejilla blanca como la cera. Madame de Villefort contempló aquel rostro tan expresivo aun en su quietud; luego se atrevió a levantar la colcha y a apoyar la mano sobre el corazón de la joven. Estaba frío e inmóvil. Solo sintió la pulsación en sus propios dedos y retiró la mano con un estremecimiento. Un brazo pendía fuera de la cama; del hombro al codo estaba modelado como los brazos de las «Gracias» de Germain Pillon, pero el antebrazo parecía ligeramente contraído por una convulsión, y la mano, tan delicadamente formada, descansaba con los dedos rígidos y extendidos sobre el armazón de la cama. Las uñas también se estaban poniendo azules.
Madame de Villefort ya no abrigaba ninguna duda; todo había terminado—había consumido la última y terrible obra que le quedaba por realizar. No había nada más que hacer en la habitación, así que la envenenadora se retiró furtivamente, como si temiera escuchar el sonido de sus propios pasos; pero al retirarse aún sostenía la cortina a un lado, absorta en la irresistible atracción que siempre ejerce el cuadro de la muerte, siempre que es meramente misterioso y no excita repugnancia.
Los minutos pasaban; Madame de Villefort no lograba dejar caer la cortina que sostenía como un sudario sobre la cabeza de Valentine. Estaba perdida en sus pensamientos, y el ensueño del crimen es el remordimiento.