—respondió el conde, sonriendo.
—Querido conde, no se hace usted idea del placer que me da oírle hablar así —dijo Morcerf—. Se lo había anunciado a mis amigos de antemano como a un hechicero de Las mil y una noches, un mago de la Edad Media; pero los parisinos son tan sutiles en materia de paradojas que toman por caprichos de la imaginación las verdades más incontestables, cuando estas verdades no forman parte de su existencia cotidiana. Por ejemplo, aquí tiene a Debray, que lee, y a Beauchamp, que imprime, todos los días: «Un miembro del Jockey Club ha sido interceptado y asaltado en el bulevar»; «cuatro personas han sido asesinadas en la calle San Denis» o «en el arrabal San Germán»; «diez, quince o veinte ladrones han sido arrestados en un café del bulevar del Temple o en las termas de Juliano», y, sin embargo, estos mismos hombres niegan la existencia de bandidos en la Maremma, la campiña romana o las lagunas Pontinas. Dígales usted mismo que fui capturado por bandidos y que, sin su generosa intercesión, estaría durmiendo ahora en las catacumbas de San Sebastián, en vez de recibirlos en mi humilde morada de la calle du Helder.
—Ah —dijo Montecristo—, me prometió usted no volver a mencionar esa circunstancia.
—No fui yo quien hizo esa promesa —exclamó Morcerf—; debe de haber sido otra persona a quien usted haya rescatado de la misma manera y a quien haya olvidado. Dígnese hablar de ello, pues confío en que