Corso estaba claro como el día; las facciones de los espectadores en el tercer y cuarto piso eran visibles.
Cada cinco minutos Albert sacaba su reloj; por fin este marcó las siete. Los dos amigos estaban en la Via dei Pontefici. Albert saltó fuera, llevando su moccoletto en la mano. Dos o tres máscaras se esforzaron por tirarle el moccoletto de la mano; pero Albert, un pugilista de primera clase, los hizo rodar por la calle, uno tras otro, y continuó su marcha hacia la iglesia de San Giacomo.
Los escalones estaban llenos de máscaras que forcejeaban para arrebatarse las antorchas unas a otras. Franz siguió a Albert con la mirada y lo vio subir el primer peldaño.
Al instante, una máscara con el conocido traje de campesina le arrebató su moccoletto sin que él opusiera resistencia alguna. Franz estaba demasiado lejos para oír lo que decían; pero, sin duda, no medió nada hostil, pues vio a Albert desaparecer del brazo de la muchacha. Los observó perderse entre la multitud durante un rato, pero al fin les perdió la pista en la Via Macello.
De repente sonó la campana que da la señal para el fin del Carnaval, y en el mismo instante todos los moccoletti se apagaron como por encanto. Parecía como si una inmensa ráfaga de viento los hubiera apagado a todos.
Franz se hallaba en absoluta oscuridad. No se oía ningún sonido salvo el de los carruajes que llevaban a los enmascarados a casa; nada se veía salvo unas pocas luces que ardían tras las ventanas.
El Carnaval había terminado.