Entró con un paso bastante digno y cierta prisa. Monte Cristo le vio avanzar hacia él sin dar un solo paso. Parecía como si tuviera los pies enraizados en el suelo y los ojos clavados en el conde de Morcerf.
—Padre —dijo el joven—, tengo el honor de presentaros al conde de Montecristo, el generoso amigo a quien tuve la dicha de conocer en la crítica situación de la que os he hablado.
—Es usted bienvenido, monsieur —dijo el conde de Morcerf, saludando a Montecristo con una sonrisa—, y monsieur le ha prestado a nuestra casa, al salvar a su único heredero, un servicio que le asegura nuestra eterna gratitud.
Al decir estas palabras, el conde de Morcerf señaló una silla, mientras él se sentaba en otra enfrente de la ventana.
Monte Cristo, al tomar el asiento que Morcerf le ofrecía, se colocó de tal manera que permanecía oculto en la sombra de los grandes cortinajes de terciopelo, y leyó en los rasgos abatidos y lívidos del conde toda una historia de dolores secretos escrita en cada arruga que el tiempo había sembrado allí.
—La condesa —dijo Morcerf— estaba arreglándose cuando le anunciaron la visita que iba a recibir. No obstante, estará en el salón en diez minutos.
—Es para mí un gran honor —respondió Montecristo—, hallarme así, en el primer día de mi llegada a París, en contacto con un hombre cuyo mérito iguala a su reputación, y con quien la fortuna se ha mostrado por una vez equitativa; mas ¿no tiene todavía en las llanuras de Mitidja, o en las montañas del Atlas, un bastón de mariscal que ofreceros?
—Oh —respondió Morcerf, enrojeciendo ligeramente—, he dejado el servicio, monsieur. Hacía par en la Restauración, serví en la primera