Tropezé con algún objeto; me incliné para examinarlo: era la segunda pistola, que no se había disparado, probablemente a causa de la humedad de la pólvora. Me acerqué al joyero, que no estaba completamente muerto, y al oír el ruido de mis pasos y el crujido del suelo, abrió los ojos, los fijó en mí con una mirada de ansiedad e interrogación, movió los labios como si intentara hablar, y luego, vencido por el esfuerzo, cayó hacia atrás y expiró.
“Este espantoso espectáculo casi me privó de los sentidos, y al ver que ya no podía ser de utilidad para nadie en la casa, mi único deseo era huir. Me precipité hacia la escalera, mesándome los cabellos y soltando un gemido de horror.