Una puerta pequeña y baja daba salida desde el espacio amurallado que venimos describiendo hacia la calle proyectada, terreno que había sido abandonado por sus distintos arrendatarios por considerarlo improductivo, y que ahora había caído tanto en la estimación general que ni siquiera rendía el medio por ciento que había pagado originalmente. Hacia la casa, los castaños que hemos mencionado antes se elevaban muy por encima del muro, sin afectar en modo alguno el crecimiento de otros arbustos y flores exuberantes que se apretaban ansiosos por ocupar los espacios vacíos, como si reivindicaran su derecho a disfrutar del don de la luz y el aire. En un rincón, donde el follaje se volvía tan espeso que casi borraba el día, un gran banco de piedra y varios asientos rústicos indicaban que este lugar resguardado gozaba de la preferencia general o del uso particular de algún habitante de la casa, apenas perceptible a través de la densa masa de frondosidad que la ocultaba parcialmente, a pesar de encontrarse a solo cien pasos de distancia.
Quienquiera que hubiese elegido esta apartada sección de los jardines como límite de un paseo, o como lugar para la meditación, estaba sobradamente justificado en su elección por la ausencia de todo fulgor, la frescura de la sombra, el resguardo que ofrecía contra los rayos abrasadores del sol, los cuales no lograban penetrar allí ni siquiera durante los días más ardientes del estío, el incesante y melifluo trino de los pájaros, y el alejamiento total tanto del ruido de la calle como del bullicio de la mansión. En la tarde de uno de los días más templados que la primavera había brindado hasta entonces a los habitantes de París, podían verse negligentemente arrojados sobre el banco de piedra un libro, una sombrilla y un costurero, del que colgaba un pañuelo de batista parcialmente bordado, mientras que, a poca distancia de estos objetos, se encontraba una mujer joven, de pie junto a la verja de hierro,