El tesoro, si existía, estaba enterrado en este rincón. Había llegado por fin el momento; apartadas dos pies de tierra, el destino de Dantès quedaría decidido.
Avanzó hacia el rincón y, reuniendo toda su resolución, atacó la tierra con el pico. Al quinto o sexto golpe, el pico chocó contra una sustancia de hierro. Jamás doble de difuntos, jamás campana de alarma produjo mayor efecto en el que la oía. Si Dantès no hubiera hallado nada, no se habría vuelto más mortecino de palidez.
Volvió a clavar su piqueta en la tierra, y encontró la misma resistencia, pero no el mismo sonido.
—Es un cofre de madera reforzado con hierro —pensó.
En ese momento pasó rápidamente una sombra ante la abertura; Dantès cogió su fusil, saltó a través de la abertura y subió la escalera. Una cabra montés había pasado ante la boca de la cueva y pastaba a poca distancia. Habría sido esta una ocasión favorable para asegurarse la cena; pero Dantès temía que el estampido de su fusil llamara la atención.
Pensó un momento, cortó la rama de un árbol resinoso, la encendió en el fuego en el que los contrabandistas habían preparado su desayuno y descendió con esta antorcha.
Deseaba verlo todo. Se acercó al hoyo que había cavado y ahora, con la ayuda de la antorcha, vio que su pico había chocado en realidad contra hierro y madera. Plantó la antorcha en el suelo y reanudó su labor.
En un instante quedó despejado un espacio de tres pies de largo por dos de ancho, y Dantès pudo ver un cofre de roble, herrado con acero recortado; en el centro de la tapa vio grabadas sobre una placa de plata, que aún conservaba su brillo, las armas de la familia Spada, a saber: una espada en palo, sobre un escudo ovalado, como todos los blasones italianos, y coronada por un sombrero de cardenal.