caballero; con los enemigos que tiene usted que vérselas, no hay tiempo que perder.
—Oh, esta vez, doctor, no tendrá que reprocharme debilidad. Esta vez conoceré al asesino, y le perseguiré.
—Tratemos primero de salvar a la víctima antes de pensar en vengarla —dijo d’Avrigny—. Vamos.
El mismo carcabú que había llevado a Villefort los de regreso a toda velocidad, y en ese momento Morrel llamó a la puerta de Montecristo.
El conde estaba en su gabinete y leía con aire irritado algo que Bertuccio había llevado a toda prisa. Al oír el nombre de Morrel, que le había dejado apenas dos horas antes, el conde levantó la cabeza, se puso en pie