iba acompañado de dos sacerdotes. Ninguno tenía los ojos vendados.
Peppino caminaba con paso firme, sin duda consciente de lo que le aguardaba. Andrea iba sostenido por dos sacerdotes. Cada uno de ellos, de vez en cuando, besaba el crucifijo que un confesor les tendía.
Con solo esta visión, Franz sintió que las piernas le temblaban bajo el cuerpo. Miró a Albert: estaba tan blanco como su camisa y tiró mecánicamente su cigarro, aunque no se lo había fumado ni por la mitad. El conde era el único que parecía inmutable; es más, un ligero rubor pareció querer asomar a sus pálidas mejillas. Sus fosas nasales se dilataron como las de una fiera que husmea su presa, y sus labios, entreabiertos, dejaban ver sus dientes blancos, pequeños y afilados como los de un chacal. Y, sin embargo, sus facciones reflejaban una expresión de sonriente ternura, tal como Franz nunca antes le había visto; sus ojos negros, sobre todo, estaban llenos de bondad y piedad.