condiciones para su admisión era que ignorara eternamente el lugar de la reunión, y que permitiría que le vendaran los ojos, jurando que no intentaría quitarse la venda. El general de Quesnel aceptó la condición y prometió bajo su palabra de honor no tratar de descubrir el camino que tomaran. El coche del general estaba listo, pero el presidente le dijo que le era imposible utilizarlo, ya que de nada servía vendarle los ojos al amo si el cochero conocía las calles por las que transitaba. —¿Qué hay que hacer entonces? —preguntó el general—. Tengo mi coche aquí —dijo el presidente. > > “ ‘ —¡Tienen entonces tanta confianza en su criado como para confiarle un secreto que no me permiten conocer a mí? > > “ ‘ —Nuestro cochero es miembro del club —dijo el presidente—; nos conducirá un consejero de Estado. > > “ ‘ —Corremos entonces otro riesgo —dijo el general riendo—, el de volcar. Insertamos esta broma para probar que el general no fue obligado en absoluto a asistir a la reunión, sino que acudió por su propia voluntad. Una vez sentados en el coche, el presidente le recordó al general su promesa de permitir que le vendaran los ojos, a lo cual este no puso objeción. En el camino, al presidente le pareció ver que el general hacía el ademán de quitarse el pañuelo y le recordó su juramento. —Es verdad —dijo el general. El coche se detuvo en un callejón que desembocaba en la calle Saint-Jacques. El general descendió apoyado en el brazo del presidente, de cuya dignidad no tenía conocimiento, considerándolo simplemente como un miembro del club; atravesaron el callejón, subieron un tramo
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