llamo Simbad el
Franz d’Épinay se estremeció de sorpresa.
—¿Simbad el Marino? —dijo.
—Sí —respondió el narrador—; ese fue el nombre que el viajero le dio a Vampa como si fuera el suyo.
—Bien, ¿y qué puede usted objetar contra este nombre? —inquirió Alberto—; es un nombre muy bonito y las aventuras del caballero que lo lleva me divirtieron muchísimo en mi juventud, debo confesar.
Franz no dijo más. El nombre de Simbad el Marino, como es de suponer, despertó en él un mundo de recuerdos, tal como lo había hecho el nombre del conde de Montecristo la tarde anterior.
—¡Prosiga! —dijo al mesonero.
—Vampa se guardó altaneramente los dos secuaces en el bolsillo y emprendió lentamente el camino de regreso. Al hallarse a dos o tres pasos de la gruta, creyó oír un grito. Aguzó el oído para averiguar de dónde provenía aquel sonido. Un instante después creyó oír su propio nombre pronunciado claramente.
“El grito procedía de la gruta. Dio un salto como una gamuza, armando su carabina mientras avanzaba, y en un instante llegó a la cima de un cerro enfrente de aquel en el que había visto al viajero. Tres gritos de auxilio llegaron más claramente a sus oídos. Dirigió los ojos a su alrededor y vio a un hombre que se llevaba a Teresa, tal como Nexo, el centauro, se llevó a Deyanira.
—Este hombre, que se apresuraba hacia el bosque, ya se encontraba a tres cuartas partes del camino de la gruta al pinar. Vampa calculó la distancia; el hombre le llevaba al menos dos pasos de ventaja y no había ninguna posibilidad de