aunque con toda la prudencia posible, bien se entiende —añadió con una sonrisa cómplice—.
—Con toda seguridad —respondió Madame de Villefort en el mismo tono.
—En cuanto a mí, tan nerviosa y tan dada a los ataques de desmayo, necesitaría que un doctor Adelmonte inventase para mí algún medio de respirar libremente y tranquilizar mi espíritu, ante el temor que tengo de morir un día de estos por asfixia. Entre tanto, como la cosa es difícil de hallar en Francia, y es probable que vuestro abate no esté dispuesto a hacer un viaje a París por mi causa, debo seguir usando los antiespasmodicos del señor Planche; y la menta y las gotas de Hoffman figuran entre mis remedios favoritos. Aquí tenéis unas pastillas que he mandado preparar a propósito; están compuestas con doble fuerza.
Monte Cristo abrió