esperanzas. ¡Oh, padre mío!, ¿tendrá que interponerse siempre tu pasado en mis éxitos? De repente, una luz cruzó su rostro, una sonrisa vagó por su boca apretada y sus ojos demacrados se quedaron fijos en la meditación.
—Esto servirá —dijo—, y de esta carta, que pudo haberme arruinado, haré mi fortuna. Ahora, a la obra que tengo entre manos. Y tras haberse cerciorado de que el prisionero se había marchado, el sustituto del procurador se apresuró a ir a la casa de su prometida.