Toda la noche oyó al obrero subterráneo, que continuaba abriéndose paso.
Llegó el día, el carcelero entró. Dantès le dijo que la jarra se le había caído de las manos mientras bebía, y el carcelero fue gruñendo a buscar otra, sin tomarse la molestia de recoger los fragmentos de la rota. Regresó rápidamente, aconsejó al prisionero que fuera más cuidadoso y se marchó.
Dantès oyó con alegría que la llave rechinaba en la cerradura; escuchó hasta que el rumor de los pasos se desvaneció y luego, apartando apresuradamente su cama, vio a la débil luz que penetraba en su celda que la víspera había trabajado inútilmente al atacar la piedra en vez de quitar el revoque que la rodeaba.
La humedad lo había vuelto quebradizo, y Dantès pudo arrancarlo —en pequeños trozos, es verdad, pero al cabo de media hora había logrado raspar un puñado; un matemático habría podido calcular que en dos años, suponiendo que no se topase con la roca viva, se podría abrir un pasaje de veinte pies de largo por dos de ancho.
El prisionero se reprochaba no haber empleado así las horas que había pasado en vanas esperanzas, oraciones y desánimo. Durante los seis años que llevaba encarcelado, ¿qué no habría podido lograr?
Esta idea le infundió nueva energía, y en tres días había logrado, con la máxima precaución, remover el cemento y dejar al descubierto la mampostería.
El muro estaba construido con piedras toscas, entre las cuales, para dar solidez a la estructura, se habían incrustado a intervalos bloques de sillar. Era uno de estos el que había descubierto y el que debía sacar de su lecho.