menos de dos millones.
Danglars se sintió tan abrumado por la alegría como el avaro que encuentra un tesoro perdido, o como el náufrago que se siente sobre tierra firme en lugar de en el abismo que esperaba que se lo tragara.
—Bien, señor —dijo Andrea, inclinándose respetuosamente ante el banquero—, ¿puedo abrigar esperanzas?
—No solo puede tener esperanza —dijo Danglars—, sino darlo por hecho, si de su parte no surge ningún obstáculo.
—Me alegro muchísimo —dijo Andrea.
—Pero —dijo Danglars pensativo—, ¿cómo es que vuestro mecenas, el señor de Montecristo, no hizo la propuesta por vos?
Andrea se sonrojó imperceptiblemente.
—Acabo de dejar al conde, señor —dijo—; es, sin duda, un hombre encantador, pero de ideas inconconcebiblemente peculiares. Me estima mucho. Incluso me dijo que no abriga la menor duda de que mi padre me daría el capital en lugar de los intereses de mi fortuna. Ha prometido emplear su influencia para conseguirlo para mí; pero también declaró que jamás ha tomado sobre sí la responsabilidad de hacer propuestas por otro, y que nunca lo haría. Debo, sin embargo, hacerle justicia y añadir que me aseguró que, si alguna vez había lamentado la repugnancia que sentía