propio abate Busoni —respondió Montecristo—. Y me alegro mucho de que me reconozca, querido señor Caderousse; eso demuestra que tiene usted buena memoria, pues debe hacer unos diez años que no nos vemos.
Esta serenidad de Busoni, unida a su ironía y a su audacia, desconcertó a Caderousse.
—¡El abate, el abate! —murmuró, apretando los puños y con los dientes castañeteando.
—¿Así que robaría usted al conde de Montecristo? —continuó el falso abate.
—Reverendísimo padre —murmuró Caderousse, intentando alcanzar de nuevo la ventana, que el conde bloqueaba implacablemente—, reverendísimo padre, no sé... créame... se lo juro...
“Un cristal roto —continuó el conde—, una linterna sorda, un manojo de falsas llaves, un bargueño medio