no le costó trabajo reconocer en él al misterioso habitante de Montecristo, la misma persona con la que se había cruzado la tarde anterior en las ruinas del Coliseo y cuya voz y silueta le habían resultado tan familiares.
Toda duda sobre su identidad había cesado por completo; su singular anfitrión residía evidentemente en Roma. La sorpresa y la agitación ocasionadas por esta plena confirmación de las sospechas anteriores de Franz se habían reflejado sin duda en sus facciones; pues la condesa, tras mirarle el rostro con aire desconcertado, prorrumpió en una carcajada y le rogó que le dijera qué le había ocurrido.
—Condesa —respondió Franz, sin hacer el menor caso de sus burlas—, le pregunté hace un momento si conocía algún detalle sobre la dama albanesa que está enfrente; ahora debo suplicarle que me informe quién