sonido confuso, seguido por el paso compasivo de la soldadesca, con el tintineo de espadas y arreos militares; luego se oyó un murmullo y zumbido como de muchas voces, capaz de apagar hasta la ruidosa alegría de los invitados a la boda, entre quienes un sentimiento vago de curiosidad y aprensión sofocó toda disposición a hablar, y casi instantáneamente reinó el silencio más sepulcral.
Los sonidos se acercaron.
Tres golpes resonaron en el panel de la puerta. Los presentes se miraron consternados.
“Exijo la entrada —dijo una voz fuerte fuera de la habitación—, ¡en nombre de la ley!”
Como no se hizo ningún intento por impedirlo, la puerta se abrió y un magistrado, luciendo su banda oficial, hizo su presentación, seguido por cuatro soldados y un cabo.
La inquietud dio paso entonces al más extremo pavor por parte de los presentes.