sueldo de mi hermano era lo único que la mantenía. Le ruego que intente conseguir para ella una pequeña pensión del gobierno».
—«Toda revolución tiene sus catástrofes», replicó M. de Villefort; «su hermano ha sido víctima de una de ellas. Es una desgracia, y el gobierno no le debe nada a su familia. Si hemos de juzgar por todas las venganzas que los partidarios del usurpador ejercieron contra los partidarios del rey cuando, a su vez, estuvieron en el poder, su hermano estaría hoy, con toda probabilidad, condenado a muerte. Lo que ha sucedido es de lo más natural y está en conformidad con la ley de represalias».
—«¿Qué —exclamé—, habla usted así, siendo magistrado, conmigo?»
«—Todos estos corsos están locos, a fe mía —respondió M. de Villefort—; se imaginan que su paisano sigue