quizá no sepa que el señor Danglars pagó dieciséis mil francos por sus caballos.
—Muy bien. Entonces ofrécele el doble de esa suma; un banquero nunca pierde la oportunidad de duplicar su capital.
—¿Habla su excelencia en serio? —inquirió el mayordomo.
Monte Cristo miró a la persona que osaba dudar de sus palabras con la expresión de quien se muestra a la vez sorprendido y disgustado.
—Tengo que hacer una visita esta tarde —respondió él—. Deseo que estos caballos, con arneses completamente nuevos, estén a la puerta con mi carruaje.
Bertuccio hizo una reverencia y se disponía a retirarse; pero al llegar a la puerta, se detuvo y dijo: —¿A qué hora desea vuestra excelencia que el coche y los caballos estén listos?
—A