Renée se estremeció ante la palabra corte, pues el bulto en cuestión tenía cabeza.
—No hagas caso a esa muchacha tonta, Villefort —dijo la marquesa—. Pronto se le pasarán estas cosas.
Diciendo esto, Madame de Saint-Méran tendió su mano seca y huesuda a Villefort quien, mientras le imprimía el respetuoso saludo de un yerno, miraba a Renée como queriendo decir: «Debo intentar imaginar que es tu mano la que beso, como habría debido ser».
—Son unos augurios lúgubres para acompañar un compromiso —suspiró la pobre Renée.
—¡Palabra de honor, niña! —exclamó la enojada marquesa—, tu necedad supera todos los límites. ¡Me alegraría saber qué relación puede haber posiblemente entre tu sensibilidad enfermiza y los asuntos del Estado!
—¡Oh, madre! —murmuró Renée.
—No, madame, os ruego que perdonéis a esta pequeña traidora. Os prometo que, para compensar su falta de lealtad, seré de una severidad inflexible; —luego, lanzando una mirada expresiva a su prometida que parecía decir: «No temáis, por vuestro querido amor mi justicia se templará con la clemencia», y recibiendo a cambio una dulce y aprobatoria sonrisa, Villefort partió con el paraíso en el corazón.