terminantemente que lo tocara. Bertuccio se desquitó, sin embargo, llenando las antesalas, las escaleras y las chimeneas de flores.
Lo que, por encima de todo, ponía de manifiesto la perspicacia del mayordomo y la profunda ciencia del amo, el uno llevando a cabo las ideas del otro, era que esta casa, que la víspera misma parecía tan triste y sombría, impregnada de ese olor enfermizo que uno casi se figura que es el olor del tiempo, había adquirido en un solo día el aspecto de la vida, estaba perfumada con las fragancias favoritas de su amo y tenía hasta la luz regulada según sus deseos.
Cuando el conde llegó, tenía al alcance de su mano sus libros y sus armas, sus ojos descansaban sobre sus cuadros favoritos; sus perros, cuyas caricias amaba, lo recibieron en la antesala; los pájaros, cuyos cantos lo deleitaban, lo alegraron con su música; y la casa, despertada de su largo sueño, como la bella durmiente del bosque, vivía, cantaba y florecía como las casas que hace tiempo amamos y en las cuales, cuando nos vemos obligados a abandonarlas, dejamos una parte de nuestras almas.
Los sirvientes cruzaban alegremente el hermoso patio; algunos, pertenecientes a las cocinas, deslizándose por las escaleras, restauradas el día anterior, como si siempre hubiesen habitado la casa; otros llenando las cocheras, donde los carruajes, enfundados y numerados, parecían haber estado instalados desde hacía cincuenta años; y en las cuadras los caballos respondían con relinchos a los palafreneros, que les hablaban con mucho más respeto del que muchos criados dispensan a sus amos.
La biblioteca estaba dividida en dos partes a ambos lados del tabique, y contenía más de dos mil volúmenes; una división estaba enteramente consagrada a las novelas, y hasta el libro que se había publicado el día anterior se dejaba ver en su sitio con toda la dignidad de su encuadernación en rojo y oro.