conde con un aire de sorpresa notablemente bien fingido—; la verdad es que no me acordaba.
—Os pregunté si los venenos obran igualmente, y con el mismo efecto, en los hombres del Norte que en los del Sur; y me respondisteis que los hábitos fríos y perezosos del Norte no presentan la misma aptitud que los temperamentos ricos y enérgicos de los naturales del Sur.
—Y tal es el caso —observó Montecristo—. He visto a rusos devorar, sin mostrar el menor inconveniente, sustancias vegetales que habrían matado infaliblemente a un napolitano o a un árabe.
—¿Y cree usted verdaderamente que el resultado sería aún más seguro con nosotros que en el Oriente, y que en medio de nuestras nieblas y lluvias un hombre se habituaría más fácilmente que en una latitud cálida a esta absorción progresiva de