que no des un paso más. —¡Viva el emperador! —dijo la figura—. Concede el perdón absoluto al visir Alí, y no solo le perdona la vida, sino que le devuelve su fortuna y sus posesiones. Mi madre lanzó un grito de alegría y me estrechó contra su pecho. —Detente —dijo Selim, al ver que ella se disponía a salir—; ya ves que aún no he recibido el anillo. —Es verdad —dijo mi madre. Y cayó de rodillas, al mismo tiempo que me alzaba hacia el cielo, como si deseara, mientras rezaba a Dios por mí, elevarme en realidad a su presencia”.
Y por segunda vez Haydée se detuvo, dominada por una emoción tan violenta que el sudor brotaba en su pálida frente, y su voz ahogada apenas parecía poder articular palabra, tan resecos y áridos tenía la garganta y los labios.
Monte Cristo vertió un poco de agua helada en un vaso y se lo ofreció, diciéndole con una dulzura en la que había también un matiz de mando: —Valor.
Haydée se secó los ojos y continuó:
“Por entonces nuestros ojos, habituados a la oscuridad, habían reconocido al mensajero del pachá; era un amigo. Selim también lo había reconocido, pero el valiente joven solo reconocía un deber, que era el de obedecer. —¿En nombre de quién vienes? —le dijo—. Vengo en nombre de nuestro señor, Alí Tepelini. —Si vienes de parte del propio Alí —dijo Selim—, ¿sabes qué se te encargó remitirme? —Sí —dijo el mensajero—, y te traigo su anillo. A estas palabras alzó la mano por encima de la cabeza para mostrar la seña; pero