Ahora esta soledad estaba poblada por sus pensamientos, la noche iluminada por sus ilusiones y el silencio animado por sus expectativas.
Cuando el patrón se despertó, la embarcación avanzaba rápidamente con todas las velas desplegadas y llenas de viento. Navegaban a casi diez nudos por hora. La isla de Montecristo se perfilaba imponente en el horizonte.
Edmond dejó el balandro al cuidado del patrón y se fue a tumbar en su hamaca; pero, a pesar de haber pasado la noche en vela, no pudo cerrar los ojos ni un solo momento.
Dos horas después subió a cubierta, cuando el barco se disponía a doblar la isla de Elba. Se hallaban precisamente a la altura de Marciana y más allá de la isla de La Pianosa, llana pero verdosa. El pico de Montecristo, enrojecido por el sol ardiente, se recortaba contra el cielo azul. Dantès ordenó al timonel que metiera el timón para dejar La Pianosa a estribor, pues sabía que así acortaría su ruta en dos o tres nudos.
Alrededor de las cinco de la tarde, la isla se distinguía con claridad y todo en ella era perfectamente perceptible, debido a esa transparencia atmosférica propia de la luz que los rayos del sol proyectan al ponerse.
Edmond contemplaba con muchísima atención el macizo de rocas que desprendía toda la gama de colores crepusculares, desde el rosa más brillante hasta el azul más intenso; y de vez en cuando sus mejillas se sonrojaban, su frente se nublaba y una neblina cruzaba por sus ojos.
Jamás un jugador, cuya fortuna entera se juega a un solo golpe de dados, experimentó la angustia que Edmond sentía en sus paroxismos de esperanza.
Llegó la noche, y a las diez fondearon. La Jeune Amélie fue la primera en llegar a la cita. A pesar de su habitual autocontrol, Dantès no pudo reprimir su impetuosidad. Fue el primero en saltar a tierra; y de haberse atrevido,