el viejo.
“Esta era nuestra resolución; un cabriolé nos aguardaba a la puerta, en el cual pensaba yo llevarme a Valentine a casa de mi hermana, casarme con ella y aguardar respetuosamente el perdón del señor de Villefort.”
—No —dijo Noirtier.
“¿No debemos hacerlo?”
“No.”
“¿Usted no aprueba nuestro proyecto?”
“No.”
—Hay otro modo —dijo Morrel.
Los ojos interrogativos del anciano parecieron decir: «¿Cuál?».
—Iré —continuó Maximiliano—; buscaré a M. Franz d’Épinay —tengo la dicha de poder decir esto en ausencia de la señorita de Villefort— y me portaré con él de modo que se vea obligado a retarme.
La mirada de Noirtier siguió interrogando.
“¿Deseas saber qué haré?”
«Sí».
“Lo encontraré, como le dije. Le diré los lazos que me