y saltó a su carruaje, que se desvió con rapidez hacia la casa del banquero.
Danglars estaba ocupado en ese momento, presidiendo un comité de ferrocarriles. Pero la reunión estaba casi terminada cuando se anunció el nombre de su visitante. Al resonar el título del conde en sus oídos, se levantó y, dirigiéndose a sus colegas, que eran miembros de una u otra Cámara, dijo:
“Caballeros, perdónenme por dejarles así tan de repente; pero ha ocurrido una circunstancia de lo más ridícula, que es esta: Thomson y French, los banqueros romanos, me han enviado a cierto individuo que se hace llamar el conde de Montecristo, y le han abierto un crédito ilimitado conmigo. Confieso que es esto lo más gracioso que he encontrado en el curso de mis amplias transacciones en el extranjero, y podrán suponer fácilmente que ha despertado enormemente mi curiosidad. Me tomé la molestia esta mañana de ir a ver al pretendido conde —si fuera un conde de verdad no sería tan rico—. Pero, ¿lo creerían?, «no recibía». Así que el amo de Montecristo se da aires propios de un gran millonario o de una belleza caprichosa. Hice averiguaciones y descubrí que la casa de los Campos Elíseos es de su propiedad, y ciertamente está muy decentemente mantenida. Pero —continuó Danglars con una de sus sonrisas siniestras—, una orden de crédito ilimitado exige algo así como prudencia por parte del banquero a quien se le da dicha orden. Tengo mucho deseo de ver a este