El cinco de septiembre
La prórroga concedida por el agente de Thomson & French, en el momento en que Morrel menos lo esperaba, supuso para el pobre armador un golpe de buena suerte tan decisivo que casi se atrevió a creer que el destino por fin se había cansado de ensañarse con él.
Ese mismo día le contó a su esposa, a Emmanuel y a su hija todo lo sucedido, y un rayo de esperanza, si bien no de tranquilidad, volvió al seno de la familia.
Desgraciadamente, sin embargo, Morrel no solo tenía compromisos con la casa de Thomson & French, que tan considerada se había mostrado con él; y, como había dicho, en los negocios tenía corresponsales, no amigos. Cuando reflexionó sobre el asunto, no logró explicarse de ninguna manera esta generosa conducta por parte de Thomson & French hacia él, y solo pudo atribuirla a un cálculo egoísta como este:
«Más vale ayudar a un hombre que nos debe cerca de 300 000 francos y cobrar esos 300 000 francos al cabo de tres meses que precipitar su ruina y recuperar tan solo un seis u ocho por ciento de nuestro dinero».
Desgraciadamente, ya sea por envidia o por estupidez, no todos los corresponsales de Morrel compartieron este punto de vista; y algunos incluso adoptaron una postura contraria. Las letras firmadas por Morrel se presentaron en su despacho con escrupulosa exactitud y, gracias al plazo concedido por el inglés, Cocles las pagó con la misma puntualidad. Cocles conservaba así su habitual tranquilidad.