mía cuando entré en la habitación. Si me lo permite, tendré el gusto de mostrarle mi galería de cuadros, compuesta enteramente por obras de los viejos maestros, garantizadas como tales. Ni un solo cuadro moderno entre ellos. No soporto la escuela de pintura moderna.
“Tiene usted toda la razón en ponerles esa objeción, la única gran falta que tienen: que aún no han tenido tiempo de volverse viejos”.
“¿O me permitirá que le muestre varias estatuas excelentes de Thorwaldsen, Bartoloni y Canova?, todos artistas extranjeros pues, como podrá advertir, tengo en muy baja estima a nuestros escultores franceses”.
—Tiene usted derecho a ser injusto con ellos, monsieur; son sus compatriotas.
“Pero todo esto podrá venir más tarde, cuando nos conozcamos mejor. Por ahora, me