simple pescador corso, no tenía nada que temer; al contrario, aquel tiempo era de lo más favorable para nosotros los contrabandistas—, sino por mi hermano, un soldado del imperio que regresaba del ejército del Loira; con su uniforme y sus charreteras, había que temerlo todo. Me apresuré a ver al mesonero. Mis sospechas no habían sido por desgracia más que ciertas. Mi hermano había llegado la víspera a Nîmes y, en la puerta misma de la casa donde iba a pedir hospitalidad, había sido asesinado. Hice cuanto estuvo en mi poder para descubrir a los asesinos, pero nadie se atrevió a decirme sus nombres, tanto era el terror que inspiraban. Pensé entonces en aquella justicia francesa de la que tanto había oído hablar, y que nada temía, y acudí al fiscal del rey”.
—¿Y este fiscal del rey se llamaba Villefort? —preguntó Montecristo con indiferencia.
“Sí, excelencia; vino de Marsella, donde era sustituto del fiscal. Su celo le había valido un ascenso, y se decía que fue de los primeros en informar al gobierno sobre la partida de la isla de Elba”.
—Entonces —dijo Montecristo—, ¿fuiste a verle?
“—Señor —le dije—, mi hermano fue asesinado ayer en las calles de Nîmes, no sé por quién, pero es su deber averiguarlo. Usted es aquí el representante de la justicia, y a la justicia le corresponde vengar a aquellos a quienes no ha podido proteger”.
—¿Quién era tu hermano? —preguntó él.
“ ‘Un teniente del batallón corso’ ”.
“—¿Un soldado del usurpador, entonces?”
“ «Un soldado del ejército francés».
«—Bien —replicó él—, él ha herido con espada, y a