por cualquier incorrección que pueda cometer. Soy un extranjero, y hasta tal punto lo soy, que esta es la primera vez que vengo a París. El modo de vida francés me es totalmente desconocido y, hasta el presente, he seguido las costumbres orientales, que contrastan por completo con las parisienses. Les ruego, por tanto, que me disculpen si encuentran en mí algo demasiado turco, demasiado italiano o demasiado árabe. Y ahora, desayunemos.
—Con qué aire dice todo esto —murmuró Beauchamp—; decididamente es un gran hombre.
—Un gran hombre en su propio país —añadió Debray.
—Un gran hombre en todos los países, M. Debray —dijo Château-Renaud.
El conde era, como se recordará, un huésped de lo más templado. Alberto advirtió esto, expresando su temor de que,